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El palito

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La renovación de Martín Ricca

Desde hace unas tres semanas había el dato de que Ex Cambiemos se disponía a una campaña virulenta, con una ponzoña que en esta oportunidad se haría ostensible pero que de ningún modo es desconocida entre propios y ajenos.

Ocurre que las memorias colectivas son o parecen cada vez más cortas. Quizá es producto no único, pero sí sustancial, de la excitación permanente, individuada, agresiva, a que lleva el medio ambiente comunicacional en tiempos de redes y repentinización constante.

Si es por las propagandas electorales, el equipo gobernante trabaja con la suciedad casi desde sus comienzos. Sirve refrescar antecedentes “lejanos”, para observar que no hay mayores sorpresas en el grado de mugre trasuntado por el oficialismo.

¿Quién se acuerda hoy de la metodología ilegal desplegada en 2011 contra Daniel Filmus, cuando le disputaba la intendencia a Mauricio Macri?

Bajo el asesoramiento del tan vigente Jaime Durán Barba, se triangularon miles y miles de encuestas telefónicas desde Estados Unidos para desprestigiar a Filmus. Se aseveraba que su padre, comerciante de toda la vida, era un arquitecto ligado a Sergio Schoklender, justo cuando había estallado el caso de irregularidades en la construcción de viviendas a través de Sueños Compartidos.

En la pesquisa abierta por violar la ley electoral se hallaron tres cheques destinados a las empresas triangulantes, con pagos del gobierno de la Ciudad por 6 millones de pesos y por diferentes “servicios”. La jueza federal María Servini de Cubría condujo la investigación en que se encontraron todas las pruebas el delito, y Durán Barba fue procesado junto con dos de sus socios.

Por supuesto, Macri consiguió que la denuncia pasara a la Justicia de CABA. La causa se estancó porque los fiscales porteños durmieron el expediente investigando a la víctima, el padre de Filmus. En 2013 fueron a peritar uno de los domicilios involucrados en la maniobra, pero la propiedad ya no estaba alquilada a nombre de Durán Barba & Asociados. Y en diciembre de 2014, la Cámara actuante confirmó la prescripción de la causa.

En julio de 2015, a ocho días del ballottage en que se definía la jefatura de gobierno porteña, alguien señaló que “ciertas prácticas del PRO” le hacían acordar a las que les hicieron a Filmus en 2011.

¿Quién dijo eso? Martín Lousteau, que era el candidato de ECO contra Horacio Rodríguez Larreta. Hoy, Lousteau encabeza la lista senatorial citadina por Ex Cambiemos.

Los desencajados periodistas independientes no se acordarán de la jugada salvaje contra Filmus ni, mucho menos, le recordarán a Lousteau sus sospechas sobre las andanzas proselitistas del macrismo. La ocupación de hurgar en las contradicciones de Alberto Fernández les lleva tiempo y provocaciones completos.

¿Están claros los que apuestan al odio como motor? No necesariamente.

No hacía falta contar con la información más o menos precisa para descubrir lo que se vendría. Y nadie tenga la más mínima duda de que esto recién empieza.

La impunidad en las redes y aquel nerviosismo desarrapado de los medios oficialistas da lugar a una campaña de agresión como pocas veces se habrá visto. Viene de un solo lado, al menos por ahora, y hay que distinguir entre alturas y bajezas.

Una cosa es rudeza conceptual y otra, bien diferente, apelar a que el adversario significa violencia mediante una retórica que justamente expresa eso. Violencia.

Excepto por la inauguración de obras públicas, que pueden merecer tanto elogio como discusión respecto de su carácter prioritario (no es lo mismo el viaducto del tren San Martín que el Paseo del Bajo, ni la estética en la vidriera porteña que los abandonos en el interior), el centro casi exclusivo de la campaña macrista es Albertítere, La Cámpora, dónde está Cristina, sinvergüenzas, comunistas; el sindicalismo y los movimientos sociales patoteros que, sin embargo, vaya si dejaron tranquila la gobernabilidad en casi cuatro años de devastación.

Se previene que gente en situación de calle y muertos de frío hay en todas partes, que los K se cagan a tiros entre ellos, que plantean eliminar la Justicia y que la democracia, simplemente, sólo pasa por renovarle el crédito al Gobierno.

Hasta Juan Carr resulta ser un subversivo en el metamensaje del lenguaje oficialista, que no se circunscribe a pornógrafos como Fernando Iglesias.

Y hay una parte de la campaña, si no toda ella, que atraviesa al ámbito periodístico. Y no está bien que quienes abrevamos en él miremos para el costado.

Los medios del dispositivo oficial mentaron “el día de furia” de Alberto Fernández porque se trenzó con colegas, en tres contextos casi consecutivos. Dos de ellos, su salida de Tribunales tras declarar por el acuerdo de entendimiento con Irán y la trifulca con movileros en el aeropuerto cordobés, merecen una observación en especial.

Un candidato, y mucho más si es de dimensiones presidenciales, tiene la responsabilidad de no salirse de quicio frente a los indagues periodísticos, así sean provocaciones. Fernández falló en la elegancia que, además, le es útil a su conveniencia política. Pero de ningún modo es justo que el sayo le quepa sólo a él.

¿Por qué es admisible que tenga que pedir disculpas, y no es profesionalmente aberrante que, en medio de un conventillo, haya cronistas pretendiendo que en un par de segundos se responda acerca de Irán o de a cuánto estará el dólar en diciembre? ¿Es justo el carné de arbitrariedad con que la patria periodística se inviste?

Hay, además, un señalamiento de objetividad terminante. No se presta a discusión. Alberto Fernández concede entrevistas públicas e individuales a todo el mundo. Sabe de sobra que, tanto en el tumulto del asalto callejero como en los mano a mano telefónicos o en piso, van a saltarle a la yugular. Banca esa parada con mayor o menor pericia según las circunstancias de humor y capacidad de aguante, pero lo hace.

Muy por el contrario, ¿cuáles entrevistas concede Macri (tanto como Heidi, Pichetto, Dujovne, etcétera) que no sean a colegas de su palo? ¿Qué conferencias de prensa dio y da el presidente-candidato que no estén predeterminadas a favor de sus medios amigos?

La respuesta obvia es un detalle estimable, porque habla de cuál es el republicanómetro con que se maneja la vocación macrista.

Un síntoma por omisión es que la táctica gubernamental de campaña se basa en la violencia contra el adversario porque no tiene manera de presentar logros en la economía. Ninguno. Éntresele por donde quiera y no hay forma. Macri culminará su primer o último mandato con más pobres, más deuda, más inflación, más timba.

¿Qué es lo elemental de una campaña en que resulta imposible mostrar algún éxito económico? Ignorar abiertamente la economía, y proceder a su reemplazo por la virulencia del odio o los resentimientos de clase que buena clientela tienen.

La segunda cuestión es si, acaso, no se trata de una estratagema demasiado burda.

Contestar a eso es lo mismo que acertarle con total seguridad al destino de agosto, octubre o noviembre, porque lo incuestionable de la grosería es tan fuerte como el hecho de que, por algo, absolutamente todo el mundo -el profesional y el intuitivo- duda de cuál será el resultado final.

Se duda de si no será que la enorme mayoría de las encuestas están operadas para generar desánimo en el frente opositor. Se duda de si efectivamente no sucederá que el dólar planchado-efecto paritarias-ligerísima desaceleración en la caída del consumo-reactivación del Ahora 12, y otras fantasías, ratificarían lo que Claudio Scaletta define como una sociedad capaz de vivir en un presente perpetuo.

Sí puede ser seguro que el macrismo tiene la habilidad de que sus candidatos se adaptan a la campaña y no al revés. Una vez que el oficialismo decide para dónde va, no tiene fisuras. Coordina (eso sobre todo, mientras en la vereda opositora parece haber un cierto caos de, justamente, coordinación). Segmenta. Avanza o retrocede en bloque. Futbolísticamente dicho, sabe ocupar los espacios en toda la cancha.

Y también puede ser seguro que uno de los peores yerros de la oposición sería pisar el palito.